De infusiones
El café, al igual que el mate, es una bebida que se disfruta mayormente en invierno; sea húmedo o seco, lluvioso o soleado. El sabor ácido-amargo del café es para nuestro paladar una gloria, y para nuestro cuerpo un fuerte dispositivo de termorregulación. Aunque una de las cosas que más me gusta del café, a diferencia de la que más me gusta del mate, es que se toma en taza.
La taza vendría a ser como un profundo agujero negro, en donde una ve todos sus problemas, miedos, preocupaciones, lentamente desaparecer; y en el cual una puede, también, saborear con el olfato el suave trascurrir de la vida, y los interminables y adictivos placeres de poseer ese sentido. Y es el constante intercambio de miradas entre el líquido contenido y el fondo de la taza, de nuestro alrededor y nuestro mundo interior, lo que lo hace realmente delicioso. Es como si el café supiera que vivimos fragmentados entre esos dos mundos, seriamente distintos, pero intrínsecamente unidos, y nos diera una dosis cada día para hacernos, quizás, más inmunes al dolor que eso genera. ¡Y qué mejor forma de suplantar el sufrimiento que con felicidad! Cuando la alegría de caminar no es suficiente, de tener un cuerpo apto y disponible para la exploración, ¡qué mejor que buscar en ese mundo externo, en la añadidura de nuestro templo corpóreo, una nueva forma de ver! El café nos regala en ese pedacito de él una nueva indulgencia para los sentidos; para que estén ocupados en eso, y no en nuestros pensamientos - que no siempre son benévolos.
A diferencia del mate, el café requiere un poco de atención. Para que los sentidos puedan nadar en las aguas calientes de nuestro amigo, necesitamos un poco de entrega; desnudarnos - si quisiéramos - o ponernos un traje de baño al menos, pero sacarnos los ropajes de la vida mundana y estar un poco más flojos en nuestras formas. Y no sirve hacerlo tímidamente - el café no lo es, y nos va a avasallar, nos va a invadir por todos los orificios de la cara en donde pueda escabullirse y penetrar, para darnos un mayor placer sensorial. Si no lo hace, bueno, quizás sea un impostor...
En cambio, el mate… El mate es como un compañero para charlar, para debatir, sea por poco o mucho tiempo, porque podemos estar horas haciendo nada más que tomando mates (lo que se asemeja, asombrosamente, al significado de mate en inglés, que significa "amigo, compañero, camarada"). Este es un poco más permisivo; le gustan las pausas, la tranquilidad, la amistad y el ocio. Pero un ocio que nos da la posibilidad de hacer otra cosa y aún sentirnos como si estuviésemos ociosos; digo, permite trabajar, leer o escribir (como en este momento estoy haciendo yo), pintar, mirar TV o - para desgracia de muchos - hasta manejar. El mate es como un apéndice del cuerpo de quienes solemos tomarlo; y no es tan posesivo de una, porque ya lo poseemos nosotros a él; no nos imaginaríamos una vida sin poder tomar aunque sea un sorbito de su fiel bombilla. Además, todo lo que conlleva poder tomar un mate, es una especie de mecanización folclóricamente divertida, incluso para el menos juguetón. Es como construir toda una maquinaria que funcione a la perfección y nos de la mejor experiencia gustativa, para sentarnos en un silla y hablar con nuestros compatriotas de los problemas, miedos o preocupaciones que podamos llegar a tener en ese momento, y así tener una nueva forma de ver.
El mate no invade, no penetra (a pesar de tener forma fálica), más bien une con cálidos besos en la parte inferior de la boca a cada uno de sus degustantes, como un sello de camaradería e intimidad, de lo mejor de los lazos humanos, incluso a dos desconocidos. Es un puente; un atajo a la antítesis de las formalidades y decoros; es un abrazo fraterno para quien se siente solo y necesita calor. El mate es más expansivo, requiere de un poco más de lugar que de atención, y si hay con quien compartirlo, mejor; aunque se puede disfrutar en completa soledad. Al ser, también, una bebida que se puede extender a un mayor periodo temporal, nos da la sensación de hogar; nos regala una teletransportación a la tierra de donde somos y que nos vio crecer. Lo tomemos o no, su sola presencia cambia por completo el ambiente de las paredes que lo contienen o de quien lo sostiene, y por consiguiente, nuestro humor. ¡Quién diría que un termo y un mate tendrían el poder de manejar nuestra emocionalidad! ¡Quién se atreve a pensar que una bebida es algo más que sólo algo que se toma, que tiene también vida e historia, y la capacidad de estar con nosotros, ahí, pacientes, expectantes, con los brazos abiertos, listo para agarrar nuestro bendito cuerpo en caso de que éste se quiera dejar caer!
Quien no experimente estas sensaciones, o no tenga de amigos al mate o al café, no puede hacerse llamar “quién”; pues su sangre ha dejado de correr, y su corazón ha dejado de latir, y su casa ya no es el cuerpo, sino algún otro lado que se ha marcado como mejor vivir; aquí o en otro mundo, pero ambos igualmente distantes de la dicha de sentir.
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