Pequeños Milagros Cotidianos
No me cuesta mucho observar a mi alrededor y captar lo que no me pertenece. Lo ajeno para mí es sinónimo de cualidad propia. Me veo en eso que está externo, fuera de mí y me regocijo de hacerlo, me enorgullezco. Me voy toda enterita a un cuerpo distinto, distante. Me olvido por un segundo que yo venía primera.
Espero en línea y me enojo cuando me percato, a la vez, que no tengo el control. "¡Qué vida la mía!" me digo, una y otra vez. No sé por qué espero que todo sea así siempre; me había acostumbrado ya a operar en el mundo; para afuera. Pensaba demasiado en el destino y muy poco en la partida. Como ausente en el presente, que no era para mí. Nunca el presente era para mí - nadie me había regalado todavía lo que de verdad significaba estar viva. Y en mi cabeza de niña inquieta, pequeñísima ante unas torres gigantescas, indefensa en los templos de sacrificio y alabanza a la muerte en los que me crié, mi cuerpito yacía recostado en el altar del Señor.
Nunca dudé, sin embargo, de mis atrevidas formas de mirar. Me moví como inmune al bichito que te atonta y te paraliza, que te saca lo más valioso que podamos poseer: el propio juicio. Y al parecer estaba todo en orden - listo el chancho, pelada la gallina. Y mi mente descansaba en paz. Un pie fuera de la vida, ¿significaba el otro en la muerte? No parecía gustarme del todo, pero ¿acaso podría gustarme algo a mí - sola?
El mundo se presentaba y rebotaba contra mi piel de teflón, salía despedido de donde venía nomás. Porque nada se apegaba, nada parecía poder penetrar. No podía tampoco entenderme yo misma, que fluctuaba entre qué mundo era más real, y en cual querría yo vivir. Por un lado, era capaz de admirar belleza en la sociedad, pero nada me seducía demasiado. Por otro, quería eso a lo cual parecía responder, el paraíso de la promesa de mis primeros años se había pintado en mi cabecita de brillantes rulos ingenuos. Yendo y viniendo estuve, de aquí para allá, peleándome con vivos y muertos a la vez, porque no quería estar con ninguno de los dos, porque no quería estar tan fuera de mí. Aunque no tenía del todo claro como llegaría a ese lugar.
Hasta que llegó un día, la fé ciega, que se había cansado de estar conmigo. Pensaba que me daría cuenta de tal noble momento; tal caballeroso y lleno de bondad acto de compasión. Eso tampoco parecía agradarme demasiado. Con ella venían también la dicha y la buenaventura, la luz que iluminaba el camino en vez de la que encandilaba mi vista. No hacía falta ya que la elección del hogar donde habitara mi alma fuera una sola, o ajena. Podía, ahora, perderme en las volteretas que quería dar, porque me las estaba dando yo misma; podía sentir el aroma a experiencia que mi nariz parecía haber repelido por un largo tiempo, y observar la extrañez de enamorarme nuevamente del gran milagro de nunca estar a salvo en la sabrosa abundancia de placer.
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