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¿Cómo se vive en el presente?

  Me gustaría tener un manual que me indique cada paso certero para nunca abandonar mi existencia. Poder tener lo que poseo y ser quien soy hoy, acá. Que no me pese el futuro, y que el pasado sea una memoria lejana como mi almuerzo de ayer. Que las cosas que hago sean adornos a mi tiempo que no se agota fácilmente, y que parezco querer siempre retener. Si hubiera un banco de plazo fijo de tiempo, yo sería la primera en salir corriendo a depositar el mío. Conozco mucha gente que haría lo mismo pero con dinero, que es lo más común, y otras un tanto más especiales que lo harían con, por ejemplo, su profesión, sus hijos, sus parejas, sus amigos, y conozco también a aquellos que merecen mi mayor asombro que lo harían con sus ideales.  A mi me caracterizó siempre la implacable soledad de vivir; el encuentro con el propio ser me pareció siempre mucho más interesante que con cualquier otro ser humano. Las charlas en mi cabeza son siempre mejores que las reales, que están colmadas de i...

Pequeños Milagros Cotidianos

  No me cuesta mucho observar a mi alrededor y captar lo que no me pertenece. Lo ajeno para mí es sinónimo de cualidad propia. Me veo en eso que está externo, fuera de mí y me regocijo de hacerlo, me enorgullezco. Me voy toda enterita a un cuerpo distinto, distante. Me olvido por un segundo que yo venía primera . Espero en línea y me enojo cuando me percato, a la vez, que no tengo el control. "¡Qué vida la mía!" me digo, una y otra vez. No sé por qué espero que todo sea así siempre; me había acostumbrado ya a operar en el mundo; para afuera. Pensaba demasiado en el destino y muy poco en la partida. Como ausente en el presente, que no era para mí. Nunca el presente era para mí - nadie me había regalado todavía lo que de verdad significaba estar viva. Y en mi cabeza de niña inquieta, pequeñísima ante unas torres gigantescas, indefensa en los templos de sacrificio y alabanza a la muerte en los que me crié, mi cuerpito yacía recostado en el altar del Señor.  Nunca dudé, sin embar...

De infusiones

El café, al igual que el mate, es una bebida que se disfruta mayormente en invierno; sea húmedo o seco, lluvioso o soleado. El sabor ácido-amargo del café es para nuestro paladar una gloria, y para nuestro cuerpo un fuerte dispositivo de termorregulación. Aunque una de las cosas que más me gusta del café, a diferencia de la que más me gusta del mate, es que se toma en taza.  La taza vendría a ser como un profundo agujero negro, en donde una ve todos sus problemas, miedos, preocupaciones, lentamente desaparecer; y en el cual una puede, también, saborear con el olfato el suave trascurrir de la vida, y los interminables y adictivos placeres de poseer ese sentido. Y es el constante intercambio de miradas entre el líquido contenido y el fondo de la taza, de nuestro alrededor y nuestro mundo interior, lo que lo hace realmente delicioso. Es como si el café supiera que vivimos fragmentados entre esos dos mundos, seriamente distintos, pero intrínsecamente unidos, y nos diera una dosis cada ...